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lunes, 26 de diciembre de 2016

Baja California disfruta de la blanca Navidad



 *Crónica de un día de Navidad en que miles de personas disfrutaron en La Rumorosa… o se la pasaron en la carretera

Crispín Garrido Mancilla
Fotos: Denisse Carrión y Crispín Garrido


Tecate.- Desde el jueves, los servicios meteorológicos comenzaron a hablar de la posibilidad de una Navidad blanca, aunque para los habitantes de la costa oeste de Baja California, hubiera que ir a buscarla hasta a La Rumorosa.

Desde la noche del viernes 23 y madrugada del 24 se confirmó que había nevado; pero el 24 fue para todos un día de mucho ajetreo por los preparativos de la Nochebuena, y pocos se tuvieron la oportunidad de ser los primeros en dejar sus huellas en el blanco elemento.  

En cambio, el domingo 25 era una tentación. Día de descanso para la mayoría, era cuestión de poderse levantar… y a qué hora.
Los miles que decidieron ir temprano, además de llevar algo de comer y de beber, ir bien abrigados para el frío y llevar una cobijas, para el caso de alguna descompostura del auto, como recomendó Protección Civil, debieron empacar una buena dosis de suerte y/o paciencia.

Y es que para los que tomaron la autopista, entre Tijuana y la sierra, parecía no haber nada que entorpeciera un día de disfrutar de los paisajes nevados, lanzarse bolas de nieve y hacer muñecos de lo mismo.

Pero apenas se alcanzó a ver el primer manto blanco a la distancia, se pudo apreciar también la larga fila de autos y tráileres, que indicaban que algo no andaba bien en la caseta de peaje de Tecate y nadie informaba. Algunos optaban por regresarse en reversa, por el acotamiento. Resultó que a esa hora la autopista estaba cerrada, mientras la barredora abría al menos un carril en las partes de mayor riesgo.


No eran las 7 ni las 8 de la mañana, sino las 10 y las 11 y los autos avanzaban lentamente, como siempre con los tramposos “colándose” hacia delante de la fila. En la parte más cercana a la caseta, unos 30 tráileres obstruían el paso.
Desde la autopista se alcanzaba a ver la circulación fluida de vehículos en la carretera libre, algunos de ellos con sus blancos “monos” de nieve en los toldos o los cofres, aumentando la ansiedad de los que estaban en la pista.
Había que decidir si, una vez llegando a la caseta, era conveniente seguir por la autopista o por la libre rumbo a Mexicali; pero justo al llegar ahí estaría la respuesta, cuando la autopista fue abierta totalmente al paso a todo tipo de unidades.
Debido a la imprevista espera de casi dos horas, era constante la caravana de personas que avanzaban a pie hasta la caseta de peaje para ir a los sanitarios de Capufe. Había largas filas de mujeres, que usaban indistintamente los inodoros de ellas y de los hombres. Para los varones estaban reservados únicamente los mingitorios, en el mismo lugar. No era momento de delicadezas.
De ahí a los primeros campos nevados había relativamente poca distancia. Al ver la nieve, la mayoría de la gente se quedaba ahí, cuando unos kilómetros adelante había mucha más, incluso una gruesa capa de cuatro o cinco pulgadas sobre la carretera, de la que quedaba libre un carril, mojado por el deshielo.
De unos cuantos estresados paseantes, en cuestión de minutos el costado de la autopista cercano al punto conocido como El Cóndor, se llenó de gente, que armaba gran alboroto con la nieve, que teñía de blanco todo lo horizontal, mientras que los arbustos y rocas lucían desnudos.
Del lado de la carretera libre Tijuana-Mexicali, a unos 300 metros, la fiesta llevaba mucho más tiempo. Una compacta hilera de autos a ambos costados de la carretera parecía no tener fin, mientras se escuchaba un griterío como de feria.
Conductores de autos, trocas, tráileres, que pasaban por el lugar sonaban sus bocinas, y la gente les respondía con gritos de júbilo.
Las personas se turnaban para tomarse fotos con los celulares, se las ingeniaban para formar sus muñecos, lastimándose las manos para quebrar ramas que sirvieran como informes brazos; con hojas les ponían los ojos, las cejas, la boca y lo que se pudiera. Otros simplemente usaban los muñecos ya hechos para tomarse la foto.
Otros se perseguían lanzándose bolas de nieve, que a veces pegaban en objetivos ajenos, sin que ello suscitara más que risas.
Una mujer dijo a su hija de ocho años, bien enchamarrada, que se tirara en la nieve para que marcara su silueta; pero era tan frágil que de plano no se notaba. Y no faltó el vendedor de algodones de azúcar que se paseaba entre la gente sin que nadie mostrara el menor interés en su colorida mercancía.

Hora de regresar. Los que estaban en la libre, podían regresar desde donde estaban. En la autopista, el problema era ir hasta el retorno de la Rumorosa, 20 kilómetros más allá; pero también la oportunidad de disfrutar los paisajes más invernales, los cerros casi totalmente cubiertos de nieve, que se extendía sobre la carretera y la mojaba al derretirse.
Muchas familias habían ido hasta allá y se estacionaban en los miradores envueltos en la niebla a “pistear”, mientras disfrutaban del aire gélido y metían las manos en los estanques de agua para autos, para ver quién aguantaba más. Otros recogían nieve con palas y la echaban en sus pickups, para usarla en lugares más benignos.


Solo entonces se pudo ver que a los que hicieron fila porque la autopista estaba cerrada, les fue menos peor que a los que se levantaron más tarde. La fila de la caseta de Tecate tenía alrededor de dos kilómetros y medio de longitud. A la de Tijuana no se le veía el fin, debido a la curva.

Uno de los conductores que estaban formados en ésta última, a la salida de Tijuana, le dijo a voz en cuello a otro: “A ver si alcanzamos a ver la nieve”. El otro le contestó: “Vamos a encontrar pura agua”. Pero ahí siguieron, con la esperanza de disfrutar la Navidad blanca de la que siempre se habla.

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